• Los religiosos marianistas y la Familia Marianista de Argentina encomiendan a nuestras oraciones fraternas al querido Hno. Buenaventura Arnaiz SM, de la comunidad marianista de Buenos Aires, que ha fallecido al servicio de la Santísima Virgen el 8 de febrero de 2019 en Buenos Aires los 89 años de edad y 71 años de profesión religiosa.

     

    Para recordar a Venturita y dar gracias a Dios por su vida y su testimonio, compartimos una semblanza de él escrita por el P. Luis Casalá SM:

    Ventura nació en un pequeño y bello pueblo de Burgos, Castrillo de Murcia, el día 21 de mayo de 1929. Estaba próximo a celebrar sus 90 años.  Su contexto familiar y cultural fue profundamente religioso. El gran templo que se alza sobre el poblado refleja la importancia de la fe para esas gentes. De hecho, en la familia de Ventura, cuyos hermanos fueron numerosos, otros dos optaron por la Vida Religiosa. José (Pepito), fallecido hace unos años, que también fue marianista y pionero en la fundación marianista de Colombia; y Justo, que fue sacerdote, monje, benedictino, que también paso unos años en Chile, fallecido en el monasterio de Silos.

    Ventura entró en la Vida Marianista de muy joven. De 1942 a 1946 estuvo en el postulantado de Escoriaza. Hizo su noviciado en Elorrio, (1946-1947).  Había cumplido ya 71 años de servicio a María en la Vida Consagrada.

    Entre 1947 y 1950 realizó su escolasticado. Un corto tiempo en Carabanchel (España) y lo terminó en Brandsen (Argentina). Quiere decir que desde muy joven llegó a América, ilusionado con su vocación religiosa y misionera.

    Su primer destino misionero fue la comunidad de Linares en Chile. En esos tiempos Argentina y Chile formaban una unidad dependiente de España. Ventura estuvo en Linares desde el año 1950 a 1961. En esa comunidad y en esa ciudad, que siempre recordó con mucho cariño, fue muy feliz, y cosechó múltiples amistades entre los hermanos que convivieron con él, a los cuales él siempre recordó con cariño, y con muchos laicos y laicas de esa ciudad. Relaciones que se mantuvieron a lo largo de los años. Ventura, señalo ya una característica muy propia de su talante, fue un hombre que hizo un culto de la amistad, y su persona y su actuación siempre generaron mucho cariño dentro y fuera de la comunidad, en todos los lugares donde vivió, trabajó y llevó adelante las misiones que les fueron encomendadas.

    A pesar de lo cómodo que se encontraba en Linares, él decía que se conocía cada baldosa de las veredas del pueblo, fue destinado en 1962 a Buenos Aires, donde se dedicó a la enseñanza, en el nivel primario del colegio de Buenos Aires. Sus exalumnos lo siguen recordando como un excelente profesor de lengua. A pesar del desgarrón que le supuso dejar Linares, muy pronto se adaptó a la comunidad y a la obra educativa del Colegio de Buenos Aires (Caballito).

    Pero, así eran las cosas en esas épocas, la “voluntad de Dios llegaba de arriba” y no tocaba discernirla, sino aceptarla. Le llegó la “obediencia” para regresar a Chile. Pero no a su querido Linares, sino a Santiago (1966-1969).   No podemos evaluar ahora cuánto le costó dejar el Colegio de Caballito, donde también se sintió muy a gusto y era muy querido por todos. Lo cierto es que la experiencia de Santiago terminó suponiendo un antes y un después en su vida. Porque en esos años postconciliares, Ventura muy pronto se sumó a la ola de renovación y aggiornamento de la Iglesia. Concretamente se le ofreció la oportunidad de tener un tiempo de formación y renovación en catequesis, que realizó en el ISCA de Santiago de Chile, que en ese momento había picado en punta con los nuevos planteos eclesiales y sociales de la época.

    A partir de ese momento se despertó en él una gran sed de espiritualidad y de apostolado. Algunos de sus planteos renovadores no siempre fueron bien comprendidos por sus hermanos, anclados en viejas tradiciones. Pero él siguió adelante con sus convicciones, sin generar nunca grandes conflictos. Nunca fue un hombre violento ni conflictivo. Supo digerir serenamente la incomprensión y las diferencias ideológicas. Nunca las puso por encima de la fraternidad, valor que honró toda su vida.

    En el año 70 sus superiores consideraron que Ventura era necesario nuevamente en la Argentina. Pero esta vez en el oeste, en la ciudad de Nueve de Julio, donde los marianistas habíamos llegado en el año 1962. Esos años intensos, donde intentábamos concretar los sueños que la Conferencia de Medellín despertó en muchos de nosotros, él los vivió en el oeste de la Provincia de Buenos Aires. Hasta 1977 estuvo trabajando en los colegios de Nueve de Julio y Junín. En estos días de su partida las redes sociales se hicieron eco del cariño y de la siembra que realizó en esos dos colegios, siempre con su sencillez, humor y capacidad proverbial de servicio. Ventura había sido cortado y modelado por la tijera del Capítulo 30 de las “Constituciones negras”. Fue siempre un hombre sencillo, amable, disponible, capaz de hacer con alegría las tareas cotidianas, especialmente cuando sabía que eso podría poner felices a sus hermanos.  En particular en esas épocas fue desarrollando y perfeccionando su afición a la cocina. Llegó a ser un cocinero consumado.  Mucha gente sigue recordando sus sopas y sus paellas.

    Pero, por si algo faltase a sus “idas y venidas”, hay que imaginar cuánto le costó cada partida a un hombre tan afectivo y cariñoso, rodeado de amigos y amigas por donde pasaba, le llegó la “obediencia” de partir para el sur, para la Patagonia argentina. En el año 1978 fue destinado a la Parroquia de General Roca, provincia de Río Negro. Allí lo recibió el Padre Enrique Barbudo sm, que llevaba un año solo en la Parroquia. Los superiores consideraron que era posible sembrar una nueva semilla de vida marianista en el sur. Hoy podemos decir que esa decisión estaba inspirada por el Espíritu.

    A partir de ese momento la vida de Ventura tuvo otro cambio radical. Primera vez que vivía en una Parroquia, en una comunidad “mínima” (dos hermanos), sin obra educativa para desarrollar su profesión ý su misión. Entonces ocurrió algo interesante, innovador, de lo cual muy pocos ejemplos tenemos en la vida marianista. Ventura se sumó a la educación pública. Se anotó en el listado, como cualquier hijo de vecino, y consiguió, sin mucha dificultad, gracias a su buen currículum, trabajo en una escuela primaria, muy marginal, en una población pegadita a General Roca. Allí se insertó con toda naturalidad. Trabajó dando el área de lengua en los cursos superiores del primario, teniendo muchísimas satisfacciones por su profesionalidad, entrega, espíritu de servicio y buen talante. Sus compañeros y sus exalumnos lo apreciaron muchísimo. Se puede decir que Ventura fue un hombre que partió a las “periferias” antes de que el Papa Francisco nos invitara a ello. Cuando se leía el listado de los alumnos que él tenía, por sus apellidos se podía advertir que más de la mitad eran mapuches o mestizos. Sólo la presencia de un religioso en una escuela pública significaba un testimonio maravilloso de la presencia de Dios en medio de los más pobres, en algunas fronteras que muy pocos religiosos afrontaron, encerrados en sus magníficas y grandes obras propias.

    Allí, en la Parroquia, desarrollo una ingente labor pastoral. No sólo por las cosas que hacía, especialmente en lo que refiere a la catequesis y a la animación de la liturgia, sino por su mera presencia. La “casa parroquial”, casa de la comunidad, estaba pegada al templo y muy accesible a la gente. Los sacerdotes, muchas veces andaban recorriendo los barrios, las poblaciones lejanas que también pertenecían al ámbito parroquial, y también daban clase en escuelas públicas o en la Universidad pública. Ventura era más “casero”. Él estaba siempre atento a los huéspedes para hacerlos sentir como en su casa. Una casa abierta donde nunca faltaba un café para el que llegaba, o un plato de comida caliente para el que llegase de lejos. Otra característica de Ventura era su exquisita hospitalidad.

    Pero su tarea y su irradiación pastoral trascendieron los límites parroquiales. Poco a poco, con mucha sencillez y humildad, Ventura se fue introduciendo en el Movimiento de Cursillos de Cristiandad. Participó en sus reuniones, Ultrellas, reuniones de grupo. Y lentamente se fue metiendo más y más en el Movimiento hasta ser el responsable de la preparación de los Cursillos, tarea que supone múltiples reuniones y que le supuso tener que recorrer y trasladarse a muchas ciudades y pueblos de la diócesis. Por fin, el obispo lo nombró asesor diocesano del Movimiento de Cursillos. Esos años fueron de una plenitud apostólica maravillosa. Como es lógico siempre se recibe más de lo que se da. Ventura cosechó amistades profundas y duraderas en todas las ciudades de la diócesis, y amplió muchísimo su horizonte eclesial y misionero. Durante esos años la diócesis de Viedma celebró un Sínodo en el cual él tuvo activa participación.

    Esa comunidad tuvo y sigue teniendo un estilo que el Padre Enrique, Ventura y quienes lo sucedieron fueron capaces de sostener. No tiene “empleados ni empleadas”. La comunidad se encarga de compras y comida, limpieza de la casa, lavado y planchado de la ropa, etc. Es decir: una vida normal de una familia normal.  Tal vez esos fueron los años más felices y plenos de su vida apostólica. Con ello la vida y el testimonio sencillo de Ventura desmiente rotundamente a los que, por diferentes razones, psicológicas, teológicas o pastorales, piensan que la Parroquia es una obra para los sacerdotes, y que el hermano laico no tiene lugar en ella. Este pensamiento denota a las claras una larvada o explícita mentalidad clerical. También en este sentido Ventura ha sido un adelantado, un profeta.

    Pero los vaivenes de la vida, las necesidades de las obras, la falta de recursos, etc., hicieron que los marianistas nos tuviéramos que retirar de Roca. En ese momento Ventura fue destinado a Catriel, otra ciudad patagónica, donde los marianistas teníamos comunidad y la animación de la Parroquia, y presencia en escuelas públicas, desde el año 1972. Allí siguió desplegando durante cinco años su acción educadora y misionera. Trabajando en profunda comunión con una comunidad religiosa, las hermanas del Calvario, que tenían una presencia muy rica y significativa en la iglesia de Catriel.

    En el año 1996 los superiores lo destinan a Buenos Aires. Siempre las exigencias de la misión, la escasez de vocaciones, las necesidades de las obras, imponían cambios y decisiones, a veces, sumamente dolorosas. Esta vez había tocado abandonar Catriel, entregando al clero secular una obra que los marianistas habíamos iniciado desde cero. A estas alturas del partido nuestro hermano ya se había jubilado.

    En la comunidad de Caballito, como siempre, se sintió muy querido y participó en todas las actividades pastorales que pudo, y en las que se le dio cabida, no dejó de estar presente en todas las actividades y de prestar los pequeños pero importantes servicios que se le pidieran en el colegio. Los testigos de esa época se encariñaron muchísimo con él (y él con ellos).

    Pero en 1998 los marianistas toman una decisión bastante inédita. Fundar una comunidad intencional en un barrio muy periférico, tal vez el más pobre y conflictivo de Buenos Aires, Villa Soldati. Allí vivió en una hermosa fraternidad con sus hermanos que estaban en vida activa y se dedicaban a diferentes labores, en el colegio de Caballito y en ese barrio periférico.

    A pesar de su jubilación sus servicios a la SM no estaban terminados. Cuando muchos hermanos se jubilan y ello les significa abandonar la misión y el apostolado, Ventura tuvo una nueva oportunidad. Desde Chile se le invitó a formar parte del Equipo de Noviciado latinoamericano. Sin pensarlo dos veces partió para Chile donde vivió otros cinco años acompañando al Maestro de Novicios y haciendo parte del Equipo de formación. Todos los novicios que convivieron con él durante esos años lo recuerdan con sumo cariño y admiración. Era exquisito en sus detalles fraternos. Hasta que el último hermano de la comunidad no regresaba de su apostolado o de sus compromisos, él se quedaba levantado para ofrecerle una “sopita”. Fue un hermano, madre, abuelo de los novicios. Un testigo sabio de lo que la VC puede producir en un ser humano cuando se entrega a Dios sin reservas. La vida de Ventura, entonces, desmiente también a los que piensan que los ancianos no sirven para nada. ¡Estos ancianos son indispensables!

    En cierto momento sintió que su misión en Chile estaba cumplida y pidió regresar a su querida Región de Argentina. Y en ese momento pareció oportuno proponerle integrarse nuevamente en la comunidad de la Parroquia Cristo Resucitado de General Roca. Lo hizo con mucha disponibilidad, viviendo unos años muy hermosos de vida fraterna, con un ritmo, lógicamente, más sosegado de compromiso pastoral. Pero siempre siendo un puntal de la vida comunitaria.

    Cuando él sintió que sus fuerzas declinaban y que podía ser un peso para una comunidad que mantenía un ritmo de vida muy austero, sin ninguna ayuda externa para las tareas domésticas y cotidianas, pidió abandonar su querida Patagonia y regresar a Buenos Aires, al colegio de Caballito. Allí está la casa dispuesta adecuadamente para acoger los hermanos mayores. Podemos decir que a partir de ese momento comenzó a declinar sensiblemente. Tuvo que convivir con diversas dolencias que le fueron quitando estabilidad, libertad de movimientos, capacidad de expresarse. Y fue necesitando cada vez más al ayuda de las empleadas de la comunidad que lo cuidaron con delicadeza y ternura.

    Este verano viajó a Córdoba por última vez para convivir con todos los hermanos de la Región. Le encantaba hacer ese viaje y estar con todos los hermanos, a pesar del esfuerzo físico y de los inconvenientes que le suponía. Durante su estadía en la Colonia Marianista de Córdoba sufrió dos fuertes caídas, que precipitaron su fallecimiento, aunque esta posibilidad ya estuviera muy cerca debido a su mala calidad de vida y al mal funcionamiento de sus riñones y de su vejiga.

    En Buenos Aires, en el sanatorio San Camilo, no logró recuperarse de una operación que se le hizo para soldar su cadera, rota en una de esas caídas. Finalmente, entregó su espíritu el día viernes 8 de febrero.

    Don Ventura, obviamente, tuvo sus pequeñas sombras y sus temas psicoespirituales que trabajar. Como todos nosotros. Pero la gracia de Dios triunfó claramente en él. Fue un gran testigo del Evangelio, un profundo amante de María, un hermano de una exquisita delicadeza y bondad, y de una servicialidad sin límites. Todos los que pudimos cultivar su amistad y convivir con él guardaremos su nombre en nuestro corazón, y su recuerdo no servirá de estímulo y de inspiración. Especialmente para los que dudan de la plenitud humana y apostólica a la que puede llevar la vocación de hermano laico marianista, la vida de Ventura puede motivarlos y conmoverlos.

    Señalé como, en los últimos tiempos, costaba mucho entender lo que Ventura quería decir, aunque él sí se enteraba de todo y seguía todas las conversaciones. Cuando se le “recriminó” que no se haya quedado sentado esperando a su cuidadora, cosa que generó la última caída que lo llevó a la operación y a la muerte, él dijo de modo bien inteligible y con su innato sentido del humor: “al que no hace nada, nada le pasa”.

    Gracias querido hermano por el testimonio de vida que nos has legado. Descansa en paz.

     

     

    Posted by Ezequiel H. Reggiani @ 10:54 am

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