• La identidad de nuestras obras educativas es clave, no sólo para poder alcanzar sus finalidades, sino también para su calidad y su continuidad. En nuestros centros se está muy atento a cuidarla, a presentarla claramente y a ser consecuente con ella. Todos ellos tratan de ser auténticamente marianistas, en sus objetivos, en sus prioridades, en sus métodos de trabajo, en su estilo educativo. El papel cada vez más preponderante de los laicos está resultando un factor positivo en este sentido: nos ha obligado a definir más claramente nuestra identidad y a poner los medios para subrayarla. Además, la misma actitud positiva de los laicos lo está favoreciendo.

    El documento sobre las Características de la Educación Marianista (CEM) constituye un excelente instrumento para clarificar y reforzar las señas de identidad marianista de nuestros centros. El Capítulo General de la Compañía de María de 1991 había pedido “estructurar los elementos comunes de la tradición educativa marianista”. Para responder a esta demanda, se elaboró un documento breve, que sirvió para actualizar algunos rasgos de nuestra pedagogía y para señalar aspectos que, aún no siendo específicamente nuestros, todo colegio marianista debía tener en cuenta. Fue presentado en el Capítulo General de 1996. Tres años más tarde, las tres universidades de Estados Unidos elaboraron y publicaron el documento Characteristics of Marianist Universities.

    Creo que ha llegado el momento de llevar a cabo un proceso de profundización y desarrollo en las CEM, contando para la tarea con la colaboración tanto de religiosos como de laicos.

    José María Alvira SM, Asistente General de Educación de la Compañía de María (noviembre 2009)

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    La espiritualidad marianista

    Las Características de la Educación Marianista se inspiran en la espiritualidad marianista. El P. Chaminade, guiado por el Espíritu en el exilio de Zaragoza, intuyó nuevas estrategias misioneras, que los signos de los tiempos requerían urgentemente.

    Todas las obras educativas marianistas posteriores se inspiraron en ella y en sus tres dimensiones características: un espíritu mariano de fe, la formación de comunidades y el sentido profundo de misión.

    La primera de estas dimensiones de la espiritualidad marianista es el espíritu de fe tal como es encarnado en María, la Madre de Jesús. El P. Chaminade no hablaba simplemente de un asentimiento intelectual, sino de la fe del corazón, una fe que es parte de nuestra vida, se interioriza, se expresa y se refleja en la conducta.

    La segunda dimensión es la formación de comunidades de fe. Nuestro Fundador sabía que cualquier transformación del orden social requería la acción no solamente de individuos, sino de comunidades de personas que trabajaran juntas con una misión común. Para el P. Chaminade, las comunidades de fe eran la encarnación natural de un cristianismo vivo. Y en el centro de estas comunidades está siempre presente la primera creyente, María, la mujer de fe.

    Estas comunidades vivían la fe con un profundo sentido de misión. María, que formó a Jesús para su misión, que meditaba muchas cosas en su corazón y que a pesar del futuro incierto pronunció su fíat, nos formará también a nosotros. El P. Chaminade creía que María, bajo la inspiración del Espíritu, nos hace ser como Jesús en su misión salvadora. La persona y la influencia de María constituyen el hilo conductor de todo el entramado de la espiritualidad marianista.

     

    Espiritualidad y vocación

    La espiritualidad marianista influye en el trabajo de los educadores formados en ella. Así, el espíritu de fe ayuda al profesor a ver en los alumnos personas creadas a imagen y semejanza de Dios; a trabajar para que sean no sólo competentes sino también dignos de confianza. Para los educadores de los colegios marianistas el conocimiento de las materias que enseñan y de las técnicas pedagógicas apropiadas debe completarse con el conocimiento de las dimensiones morales y espirituales de la educación.

    El P. Chaminade quería que las obras educativas fueran no sólo comunidades funcionales sino comunidades fuertes en la fe. Para mantener unidas estas comunidades infundió y animó un “espíritu de familia” entre religiosos y laicos, profesores y alumnos, colegio y padres, de forma que todos mantuviesen unas relaciones de amistad y mutua confianza. Si un colegio debe ser una comunidad de fe, nuestro Fundador quiso que los educadores –laicos y religiosos– vieran en su trabajo no sólo una profesión sino un ministerio de amor y servicio.

    La espiritualidad marianista pretende formar comunidades de fe, no sólo para bien de sus miembros sino para compartirla en la misión. Los colegios marianistas, por tanto, no sólo buscan una educación eficaz, sino que animan a alumnos y profesores a imitar a Jesús en su amor y servicio a los demás. Los educadores de los colegios marianistas tienden a combinar estas dos valiosas realidades: conocimiento y virtud.

    En los colegios marianistas, el auténtico éxito educativo consiste en que sus alumnos sean fieles al espíritu del Evangelio y lo testimonien en su vida, formen comunidades de fe al estilo de las comunidades cristianas primitivas y se sirvan de sus conocimientos para trabajar en la transformación de la sociedad.

    En la situación actual, los educadores tienen la tentación de preguntarse si sus esfuerzos pueden ser eficaces para remediar las terribles injusticias del mundo. Trabajamos para aliviar las necesidades inmediatas y nos esforzamos para conseguir una mayor justicia social, pero tenemos que recordar que las necesidades más profundas son las que nosotros solos no podemos remediar. El hambre más profunda es el hambre de amor, el hambre de Dios. La liberación más auténtica es la libertad de ser hijos de Dios en unión con todos los hombres. Y el conocimiento más valioso no es la mera comprensión cognitiva sino el que procede del amor a los demás.

    Los educadores que transmiten el saber para hacer crecer el amor siembran semillas que producen frutos duraderos y preparan el campo en el que puede crecer una cultura impregnada de vida, de paz y de amor. Nuestras comunidades educativas han de esforzarse por testimoniar la esperanza de que esta misión es posible.

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    Posted by Ezequiel H. Reggiani @ 11:45 am

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