Pascua de Otilio Ortega.

 

> Acompañando a Otilio… (mensajes de la comunidad educativa para Otilio).

Despedida de Otilio.

 

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En las primeras horas de hoy, jueves 12 de noviembre de 2015, el Hno. Otilio Ortega SM ha partido hacia la Casa del Padre.

Como comunidad educativa y junto a la Familia Marianista de Argentina, transitamos estas horas de dolor con la firme convicción de que Otilio, llevado de la mano por Mamá María, ya está en la Gran Fiesta del Cielo gozando de la presencia de Jesús que lo ilumina con la luz que no tiene fin.

Desde allí, sabemos que seguirá enseñando a leer a nuestros chicos y ayudándolos a dar sus primeros pasos en el Marianista.

Oti… descansá en paz.

 

 

 

 

“Para mí el colegio es la vida”

(texto publicado en la Revista Ciencia Marianista, n°1)

Gracias Otilio por tu tiempo. Comencemos la entrevista, ¿quién es Otilio Ortega?

Yo hace exactamente ya 82 años que nací, en un pueblito, Burgos. Éramos 10 hermanos y los padres labradores. Mi mamá murió cuando yo apenas tenía 6 años, así que prácticamente de la mamá recuerdo muy poco. Y teníamos que buscarnos, pues, a ver cómo vivíamos allá, porque eran labradores comunes y corrientes de un pueblo. Entonces empezó el hermano David, el mayor, de 92 años ahora: se fue con los marianistas. Hablaba de los marianistas, de que estaba muy bien. Le siguió el que es actualmente sacerdote, cura, Justino. Lo mismo. Le seguí yo y detrás de mí vino otro más, detrás vino otro y detrás otro. Total que somos cuatro marianistas varones y dos mujeres. Y seguimos actualmente, salvo una que murió, seguimos todos.

¿Por qué se hizo Marianista?

Nos gustaba tanto de lo que hablaban sobre los marianistas y demás que quisimos saber de qué se trataba. Ingresé a los 11 años. Hice los cuatro años de postulantado, el noviciado, y al terminar el noviciado nos dijeron “¿Quiénes quisieran ir a misionar a Argentina?”. Para nosotros era eso, misionar, ir a misionar a Argentina. Después del noviciado, a los 16 años, profesé (la profesión religiosa) y nos vinimos directamente para Argentina, en noviembre de 1949.

Vinimos ocho muchachos, estudiamos acá en Argentina. Los años que estábamos en el postulantado estudiábamos porque era como un internado que era estudiar y estudiar y nada más: estudiar, jugar, comer y dormir, no había otra cosa. Pero no pasábamos exámenes oficiales. Y estábamos 4 años estudiando y estudiábamos prácticamente todo el bachillerato y llegamos aquí a Argentina y hacía falta tener títulos. Entonces en tres años que teníamos de escolarización hicimos todo el bachillerato. No teníamos ninguna convalidación, pero como habíamos estudiado bien en lo otro, acá nos resultaba bastante fácil seguir adelante con todos los estudios. Y toda la ilusión nuestra cuando estábamos estudiando, pues era ser marianistas como eran entonces todos: educadores. Todos dedicados a la escuela, al colegio.

¿Y cómo terminó en Buenos Aires?

Estábamos ya para salir a la comunidad y nos preguntábamos “¿A dónde nos mandarán este año? ¿A dónde nos enviarán?“ Era un hervor especial. A unos le mandaron aquí a la Argentina, y a otros los mandaron a Chile, que recién se había fundado en el 49. Y a mí me tocó el Colegio de Chile. Me dieron a los pequeños, porque generalmente todos los marianistas empezamos a enseñar desde abajo, y según disposición y gustos de cada uno, seguía o se iba quedando en los distintos cursos. No porque supiera más o supiera menos, sino porque cada uno prácticamente elegía. Yo empecé con primer grado, y me encantaron los chicos. Tenía una cosa un poco rara porque además de primer grado tenía con los mayores lo que llamábamos “trabajos manuales”: encuadernación, carpintería, cartonaje, todas esas cuestiones. Y a mí como me gustaba me dieron también estos trabajos manuales, en el secundario. Al ver lo que eran los pequeños y al estar con los grandes en el secundario –ya que era una materia muy “jorobona”, porque estaban con martillos y con serruchos y demás-, dije “no, yo me quedo con los pequeños”. Me quedé con los pequeños, quince años estuve en Santiago, y me mandaron a Buenos Aires, a ir a Buenos Aires por dos años para allí convalidar el magisterio chileno con el argentino, porque entonces se fusionaron Chile y Argentina, y entonces podíamos trabajar allá o acá. Pero para eso había que tener los títulos a tiempo y ahí me dijeron “vaya por dos años y ahí como está el magisterio en el Colegio lo vas a poder hacer mientras trabajas”. Y listo, vine acá, estuve los dos años, hice el magisterio, lo terminé en 1970 y vino una nueva norma, ahora cada uno podía elegir el lugar que quisiera, Chile o Argentina. Y yo, que había venido acá a Buenos Aires, que no me gustaba nada al principio (risas), no sé por qué, ya me había aclimatado y pensé “qué voy a volver allá si estoy bien acá” y me quedé acá. Otros se fueron allá y así hicimos un intercambio. Y esos dos años que me mandaron ahora son ya cuarenta y cuatro.

Hablando de circunstancias y de elecciones, usted eligió ser religioso y docente. Le pregunto, ¿influye el ser religioso con el ser docente?

Ser religioso marianista es una decisión. Vos te consagrás a Dios en distintos lugares: podés ser marianista, jesuita, lo que sea. Ahora, hay una cosa que me llama la atención: ¿por qué me dediqué yo a la enseñanza? Porque entonces prácticamente todos los marianistas estaban dedicados a eso, a enseñar. Y nuestra ilusión cuando salimos a la comunidad era ver a dónde nos mandaban. “¿Cómo influye eso en ser maestro?” Bueno, el religioso marianista es un hombre cualquiera como cualquier otro. “¿Pero qué pasa con los maestros del colegio?” Tienen su familia. Entonces tienen que estar preocupados por su familia, por cómo le va, cómo tiene lo que sea. El marianista no tiene que preocuparse de nada de eso. Él está aquí completamente dedicado a la educación, y el tiempo que pasa no le impide seguir los rezos, hacer vida de comunidad, otras actividades. Pero el hecho de vivir en la misma casa donde se está trabajando le da una facilidad loca para hacer las cosas: no pierde tiempo en viajes (risas). Yo feliz estando en el colegio atendiendo a los chicos.

¿Por qué decidió en este colegio continuar su labor con los más pequeños?

La satisfacción que dan los pequeños no la tiene ninguno. Vos tomás a los chicos cuando vienen y no saben nada, y ves cómo van subiendo hasta que empiezan a volar solos, y esa satisfacción no te la quita nadie. Yo ahora puedo seguir enseñando a los más chicos porque el colegio me lo permite, porque una vez que uno se jubila deja todo, tranquilo. Yo confieso que el primer año cuando dejé a los chicos no sabía dónde meterme: veía a los chicos de arriba, oía el ruido. El primer acto patrio que hubo, que me mandaron a mí a cantar el himno igual que de costumbre me tuve que marchar de emoción, no pude quedarme. Y entonces yo pensé “Voy a ver si me dan algún trabajo o algo”, alguna cosa, y empecé yendo a algunas clases. “¿Sabés los que pasaba al principio?” Que las maestras se quedaban como diciendo “Este tipo, ¿a qué vendrá acá? ¿Vendrá a vigilarnos?”. Me parece que andaban un poco así. Bueno, eso después se cambió y bastaba que faltara algún día a clases para que preguntaran por qué no había ido, como que tuviera la obligación, yo voy porque quiero. Así que luego lo tomaron como una cosa ya hecha, y ahora encantado de que vayamos ahí.

¿Qué relación tiene con sus alumnos y exalumnos?

Todos los años cuando llega la fiesta del exalumno y te encuentras con gente de hace a lo mejor veinte, treinta años no los habías visto. No los conoces, por supuesto, porque de chicos a grandes ya, van cambiando. La sensación que uno tiene cuando se encuentra con uno grandote que lo tuvo de chiquito en primer grado te deja también una cosa inexplicable.

¿Qué es lo que le gusta del colegio? ¿Qué tiene de especial para usted?

Mira, en el colegio he pasado yo toda mi vida, tanto en este como en el de Santiago. Ya uno lo toma como suyo, como propio. Yo quiero para el colegio lo mejor que se pueda, que siga funcionando como ha funcionado siempre (que no es lo mismo cuando empezaron en el año 37 con doce, trece chicos que ahora que tenemos mil setecientos y tantos). Ya digo, para mí el colegio es la vida.

¿Cuál es la historia del himno del colegio?¿Qué significa para usted cantarlo?

De la historia del himno sé que la letra la hizo el Padre Ángel Rojo y la música la hizo un profesor del colegio de Madrid, más no. No se cantaba al principio el himno del colegio en los actos. Empezó de a cantarse de a poquito en 1968 (aproximadamente) y ya después se hizo general. Y empecé a cantarlo yo, a cantarlo, a cantarlo y ahí sigo, ¡estoy esperando que alguno me reemplace! Cada vez que lo canto siento una emoción grandísima, ver a toda esa gente ahí, que te hacen señas, que te saluda y los mismos chicos que empiezan “¡Ortega! ¡Ortega!”.

 

 

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5 Comments
  1. LAMENTAMOS LA PÉRDIDA PORQUE ERA UNA DE LAS POCAS PERSONAS QUE SIEMPRE TIENEN UNA SINRISA CONSTANTE ,UNA PACIENCIA INCREIBLE ,UNA DULZURA EN SU MIRADA, JAMÁS LO VI ENOJADO ,Y CON SU HUMILDE SILABARIO LE ENSEÑÓ A LEER A MIS DOS HIJOS ,Y A TODOS A CANTAR SIN ORQUESTA EL HIMNO DEL COLEGIO.SIMPRE VAS A ESTAR POR EL PATIO DEL COLEGIO CON TU SONRISA SINCERA .TE QUEREMOS MUCHO.

  2. Gracias por todos los momentos que pudimos compartir este verano en tu pueblo natal.
    Nadie pensamos que la despedida sería la última.
    Siempre estarás entre nosotros.

  3. Yo no hice mi primaria en el Marianista pero sí mi secundaria y llevo aun hoy grabados en el alma a tantos profesores que me acompañaron y aconsejaron durante esos años.

    Mi hija por otro lado tuvo el enorme privilegio de conocer a “Oti” (así lo llamaba) y pedirme no llegar tarde al cole para estar un rato antes con él y terminar el silabario para recibir su correspondiente felicitación y el pequeño regalito que les hacía cuando así lo conseguían!

    Ayer no se lamentaba de un hecho natural como es la muerte, simplemente lo recordaba con amor y admiración por estar en el aula tan temprano con ellos siendo tan “viejito” -cito sus palabras-, así que me quedo con este hermoso pensamiento…
    El maestro mediocre cuenta. El maestro corriente explica. El maestro bueno demuestra. El maestro excelente inspira.-William A. Ward.

    Eso fue Otilio para tantas generaciones de pequeños que pasaron por su aula, y con seguridad para mi hija, una inspiración!

    GRACIAS POR TANTO COMPROMISO Y TANTO AMOR, JAMAS TE OLVIDAREMOS OTILIO!!

  4. Querido Maestro Ortega.
    En lo profundo de nuestros corazones sabemos que estas cerca de Dios. Pero te vamos a extrañar. Con quien cantaremos nuestro Himno al final de cada acto? Como acostumbrarnos a no verte sonriendo a cada niñito que camina por el patio? Descansa en paz. Mision cumplida.

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